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viernes, 23 de octubre de 2015

El asedio



Sobrevivir no fue fácil en medio de aquel desastre. Encerrado en mi propia casa, resistí el asedio como buenamente pude. Pronto me quedé sin luz ni agua. La comida duró algo más. Cuando por fin aquellos seres inhumanos comenzaron a invadir la vivienda supe que todo había acabado. Corrí hacia el balcón y me arrojé a la calle. Mejor estar muerto que desahuciado por el banco.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

Micronegros. Volumen II


Lo que no se puede borrar

Los de limpiezas traumáticas hicieron un trabajo perfecto. «Me dejó y se fue», mentí a los vecinos. No quedó ningún rastro, y sin embargo tu presencia me siguió atormentando hasta que lo confesé todo.


Homenaje en negro a Augusto Monterroso

Cuando despertó, el psicópata todavía estaba allí.


Hasta que tu muerte me haga rica

Las joyas y su abultada cuenta corriente fueron mi premio por casarme con aquel vejestorio. Valió la pena, sólo hubo acelerar lo inevitable.


Mafia potagia

Nos sorprendimos al saber que el FBI había localizado a Vinnie Palmieri. Aquellos bastardos habían hecho magia: dar con lo poco que quedaba de él era como encontrar una buena interpretación de Tom Cruise. Misión imposible.


Todo por la presidencia


Soraya bromeaba siempre con que el tabaco le mataría. Tenía razón. A él le gustaban tanto los habanos que no distinguió el puro explosivo que ella le camufló en la caja. Su falso llanto ante el ataúd cerrado conmovió al país.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Contagio masivo

El virus acechaba en cada rincón del país. En cada casa, en cada bar o cafetería. Hasta en los lugares más insospechados y aislados como cárceles o laboratorios. Toda la población estaba expuesta a él. Y lo peor de todo, a todas horas. Sólo bastaba apretar un botón para contagiarse. El virus se llamaba televisión.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Knockin' on hell's door

Siempre imaginé que el infierno sería tal y como nos lo describía todos los domingos don Bartolomé, nuestro cura de toda la vida. Un lugar horrible repleto de ríos de lava y nubes de azufre, donde la angustia y el sufrimiento de tormentos inimaginables no tenían fin para aquellos desdichados que moraban allí. «Es donde van a parar las almas de los que pecan y obran mal», solía repetirnos sin cesar el párroco en una de aquellas letanías eternas.

          Yo no recordaba haber pecado ni haber hecho nada malo en mis nueve años de vida. Y sin embargo era consciente de que me encontraba allí. No necesité llamar a las puertas del infierno, estas se abrieron solas en cuanto murió mi madre. En mi averno no olía a azufre ni había pequeños diablillos danzando a mi alrededor al son de risas maquiavélicas. Tampoco había lava ni espantosos instrumentos de tortura a los que me ataban. Sólo el crujir de las escaleras cuando él regresaba a casa. Mi demonio apestaba a celtas y a whisky barato. Aparecía todas las noches con la camisa desabotonada y el cinturón en la mano, luciendo aquella sonrisa torva que me helaba la sangre. Aquel monstruo al que tanto temía era el mismo al que en una época me atreví a llamar «papá».

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La cajera

Se suele afirmar con rotundidad que en pocos segundos, a golpe de vista, nos formamos la primera impresión sobre alguien. Y que de ahí ya no hay quien nos saque, que encasillamos a ese alguien en base a un primer impulso irracional que muchas veces nos ciega en lo relativo a la personalidad o las características de una persona.
          Esa primera impresión fue la que debió experimentar aquella cajera borde y estúpida del súper de al lado de donde trabajo la tarde-noche de aquel sábado, próximo ya de la hora del cierre del negocio.
          Todo sucedió en pocos minutos. Yo acababa de salir del curro pasadas ya las nueve de la noche después de regalarle algunas horas extraordinarias al negrero de mi jefe, Germán Palomares. La empresa en la que trabajo no se encuentra precisamente en sus mejores tiempos, y al despido de varios de nuestros compañeros más recientes se unió la invitación de Germán a realizar horas extras gratis. La alternativa a no aceptarlas era irse directo «a la puta calle», como tantas veces nos recordaba nuestro superior. Con una hipoteca a cuestas y un hijo pequeño al que alimentar, no me quedaba más remedio que tragar con aquellas jornadas interminables si no quería perder mi puesto de trabajo. El escaso dinero que ganaba como contable en la gestoría de Germán hacía mucha falta en casa, sobre todo desde que mi mujer, Carmen, estaba en paro. A ella la habían echado de su último trabajo, en el que apenas llevaba un mes, por negarse a ceder a las apetencias sexuales del cerdo de su jefe. Pero esa es otra historia que no tiene nada que ver, y que, como me gusta decir, son «gajes de la casta de empresaurios de este mezquino país», ante los que poco se puede hacer.
          Como estaba diciendo, acababa de salir de la gestoría y me dirigía a la parada a coger el primer bus de la línea 7 que me dejaría justo en la puerta misma del bloque de zulos de cincuenta metros cuadrados donde vivo junto con mi mujer y mi hijo. Iba caminando sin prisa cuando Carmen me llamó al móvil.
          —Anda Javi, hazme el favor y llégate al primer súper que veas, que no nos quedan pañales —hizo una pausa, como intentando recordar algo—. Compra también leche y pan, que tampoco hay.
          —Vaaaale. Has tenido suerte, me pillas justo al lado del súper de al lado del curro. A ver, que no se me olvide, un paquete de pañales, una barra de pan y un cartón de leche.
          —Mejor dos cartones, así nos llega al lunes —apuntó Carmen con buen juicio.
          —Está bien, dos entonces. Te dejo, que son ya casi las nueve y media, vaya que cierren. Te quiero.
          —Y yo. Hasta ahora, gordito —se despidió cariñosa de mí.
          Colgué y entré en el supermercado. Aún estaba abierto, aunque se veía solo una caja abierta y pocas personas dentro.
          Me dirigí sucesivamente a los pasillos de las secciones de panadería, lácteos e higiene y eché en el carrito los artículos que me había pedido Carmen minutos antes. Cuando ya lo tenía todo, fui a las cajas para pagar e irme.
          Otra persona llegó antes que yo y se colocó la primera para ser atendida. Su aspecto era bastante desaliñado. Llevaba puestos unos vaqueros agujereados como un queso gruyere y en la parte de arriba un abrigo marrón raído y moteado de manchas de todas las formas y procedencias posibles. El pelo, de un rubio intenso natural, le caía hasta los hombros. Un gorro mal ajustado sobre su cabeza culminaba su vestimenta. En la oreja portaba un cigarro apagado a medio fumar. Nada más ponerme detrás de él percibí su hedor. Una nauseabunda fragancia causada por un lapso prolongado de falta de higiene me tiró para atrás. El hombre, un joven de unos treinta años y con pintas de extranjero, era sin duda un indigente. Colocó su exigua compra sobre la cinta transportadora, apenas una litrona de cerveza, una pequeña barra de pan y un paquete de salchichón que constituirían su triste cena.
          Atendiendo en la caja estaba ella. La tía más borde y grosera con la que me he topado jamás en mi vida. Era delgada, no más de metro setenta de altura, y con un tupido pelo negro, peinado a lo Mafalda. Vestía el uniforme reglamentario de la conocida cadena de supermercados para la que trabajaba. Pantalón verde oliva y camisa blanca cruzada por rayas naranjas. Sobre su busto plano había una pequeña placa que revelaba su identidad: Manoli. Hasta el nombre era desagradable en ella.
          El mendigo había sacado ya su monedero para pagar escrupulosamente cuando Manoli, con su cara de sapo contraída en una mueca de asco, le anunció a través de sus labios leporinos:
          —No aceptamos metálico. Es la hora de cierre y tenemos que hacer caja. Puede usar tarjeta si lo desea —dijo la muy bellaca sabedora de que aquel desgraciado no poseía ninguna.
          —Pero yo no tengo… sólo monedas. Tome, tengo suficiente —acompañó estas palabras mostrándole la palma de su mano izquierda repleta de monedas de cinco y diez céntimos.
          —No, lo siento. No puede ser. O tarjeta o nada —insistió ella con tozudez.
Se negó a atenderle más. Manoli debía estar quemada por otras veces en que le habría pasado lo mismo. Sin embargo aquel pobre indigente no merecía aquel trato vejatorio. Se quedó pasmado en la caja haciendo acopio de la poca dignidad que le quedaba.
—Oiga, si no puede pagar, apártese de la cola. Hay clientes esperando —le espetó con frialdad mientras posaba sus ojos en mí.
—Pero… yo tener dinero, mire —el mendigo volvió a repetir el gesto de antes.
—Se lo he dicho ya unas cuantas veces. O paga con tarjeta o se va. No le voy a coger toda la calderilla que lleva porque la caja está cerrada y no la voy a volver a abrir por un donnadie.
—Yo no ser donnadie. Yo tener para pagar —alzó la voz indignado el mendicante.
—Muy bien, usted lo ha querido así —Manoli sacó un walkie y se lo acercó a su feo rostro—. Paco, haz el favor de venir, tengo un borracho en la caja armando follón.
—Yo no ser borracho, usted mentir. Yo sólo querer comprar cosas —señaló los artículos con un dedo en el que despuntaba una uña longeva y sucia—. Usted no querer venderme.
Al momento apareció Paco, el de seguridad. Intentó serenar a las dos partes preguntando qué era lo que ocurría. La cajera volvió a dar la murga con lo de que la caja estaba cerrada, y el mendigo recalcó por enésima vez que tenía dinero para pagar.
Yo, que era el siguiente en la cola, sabía de sobra por mi trabajo que el dinero en metálico era el único que los comercios están obligados a aceptar, aunque sean monedas de céntimos sueltas y presenten un aspecto deplorable. De modo que para agilizar el asunto tercié en la discusión:
—Señorita, este hombre tiene dinero y es de curso legal. Debería de aceptarlo.
Me arrepentí al instante de mi conciliadora intervención. La mirada asesina que me echó fue de aúpa.
Al final Manoli se salió con la suya y la venta no se produjo con tal de no abrir la puñetera caja. El indigente se empezó a poner nervioso y a vociferar, insultando a la cajera con divertidas expresiones de las que no se entendía nada. A Paco el de seguridad no le quedó más remedio que arrastrarlo y echarlo fuera. El mendigo desapareció y la calma regresó al súper.
Por fin me tocaba. Llevaba ya diez minutos perdidos por aquella absurda trifulca. Deposité en la cinta transportadora los pañales, el pan y la leche; el chip fue leyendo su precio.
—Son cinco con sesenta y dos, caballero —Manoli me dijo la cantidad echándome otra de sus miradas que conjugaban a la vez asco y soberbia.
Visto lo visto, no me quedaba más remedio que pagar con tarjeta. De todas formas no llevaba nada en monedas. Saqué la tarjeta de débito de mi cartera. Manoli la pasó por el lector y yo marqué el pin de seguridad. Me dio el ticket, que cogí con desgana. Deseaba largarme a casa de una vez y olvidarme del incidente surrealista del que había sido testigo.
No sé si fue el destino, el karma o pura suerte. Justo estaba cogiendo la bolsa de la compra y ya a punto de irme cuando me dio por revisar el ticket. Me percaté de que Manoli me había cobrado cincuenta y siete céntimos por la barra de pan cuando en el estante del que la cogí la anunciaban de oferta a cuarenta y cinco.
Se lo hice saber y ella lo corroboró en el ordenador de la caja.
—Tiene razón, le he cobrado de más —abrió la caja como si nada y para mi sorpresa cogió los doce céntimos, que me tendió para que los aceptara—. Aquí tiene la diferencia, disculpe el error.
Vi el cielo abierto, esta era mi oportunidad para devolvérsela con creces por su vileza con el mendigo, y además delante de sus narices.
—Va a ser que no —le espeté gozoso por la venganza que estaba empezando a tejer en mi mente—. A estas horas, yo tampoco acepto dinero en metálico. Si tanto quebradero de cabeza supuso la calderilla con el cliente anterior, conmigo también lo supone. Por lo tanto, quiero que me abone los doce céntimos a la tarjeta.
De antemano sabía que había ganado la partida, pues si te tienen que hacer una devolución tienes derecho a que sea en el mismo medio en que se hizo el pago. De hecho muchas empresas lo exigen así para cuadrar la contabilidad.
Manoli se me quedó mirando con cara de no entender nada.
—Pero si son doce céntimos de nada, cójalos hombre —dijo ella intentado esbozar una sonrisa forzada. Ahora la muy asquerosa se hacía la zalamera.
—No, abono en la tarjeta y punto. Le reitero que al igual que usted yo tampoco acepto calderilla a estas horas.
Su cara era un poema. Se ve que no tenía ni idea de cómo se debía de hacer el abono.
—Oiga, no tengo toda la noche —le solté con bordería, con la misma insolencia con que ella apremió al mendigo a abandonar la cola de la caja pocos minutos antes—. Si no sabe hacerlo, llame a la encargada y que lo haga ella.
Estaba disfrutando de lo lindo con la situación. Manoli se había puesto nerviosa, mi reacción ante su error la había descolocado por completo.
—Voy… un momento por favor —dijo con apenas un hilillo de voz.
Llamó por el walkie a la encargada. Ésta se presentó al cabo de un par de minutos de tensa espera durante los cuales no aparté una gélida mirada de reproche de sus ojos.
—¿Qué ocurre? ¿Algún fallo con la caja? —le preguntó la encargada a Manoli.
—No, verá… señora Valenzuela, es que le he cobrado de más a este caballero y ahora quiere que le abone la diferencia a la tarjeta.
—Qué tontería, ¿y por qué no lo quiere en metálico? —me inquirió con amabilidad la señora Valenzuela.
—Buena pregunta. Pero mejor que sea su empleada la que le dé los detalles. Vamos, señorita Manoli, dígale a su superiora por que no acepto calderilla —dije con todo el descaro que me fue posible.
La asquerosa cara de sapo de Manoli enrojeció virulentamente. Parecía un niño arrepentido al que le han pillado haciendo diabluras.
A la encargada le quedó claro lo que había pasado con absoluta nitidez.


***

A la semana siguiente tuve que volver a ese súper por otra compra de última hora que me encargó Carmen. Llegué como la otra vez justo cuando estaban a punto de echar el cierre, al filo de las nueve y media. Cogí unas pizzas congeladas para la cena y una botella de dos litros de cola de marca blanca y enfilé hacia la zona de cajas. No volví a coincidir con el pobre diablo de la semana anterior ni, para mi sorpresa, con la cajera estúpida. En su lugar había una regordeta muchacha de no más de veinte años. Era rubia, simpática y guapa de cara. Su nombre era Rocío, como afirmaba la placa identificativa colocada con puntería sobre su voluptuoso pecho izquierdo en su uniforme de trabajo. Cuando le estaba abonando el dinero de la compra, esta vez en metálico, que a diferencia de la arpía aquella me lo aceptó sin el menor problema, se me ocurrió preguntarle por Manoli. Con una amplia sonrisa de satisfacción que transmitía a la vez picardía y calidez humana, me confesó que la habían largado el mismo día del incidente. Al parecer la señora Valenzuela, la encargada del súper, estaba ya harta de los habituales malos modos de la empleada y la despidió disciplinariamente con causa procedente y sin derecho a indemnización.

Oír aquello fue música para mis oídos. Me despedí de Rocío guiñándole un ojo. Salí del súper irradiando felicidad y tarareando una pegadiza canción que habían puesto varias veces esa tarde en la radio en el trabajo. Caminé sin prisa hacia la parada del autobús que me dejaría por fin en casa después de otra agotadora jornada de trabajo. Esa noche me dormí rápido y con la conciencia más tranquila que nunca, regodeándome en que había logrado una pizca de justicia en un país tan mezquino como el que vivimos.

domingo, 30 de agosto de 2015

Micronegros. Volumen I



Póliza hacia la libertad

Manipulé los frenos y sus prisas hicieron el resto. «Accidente», sentenció el perito. El dinero del seguro fue mi pasaporte a una nueva vida sin él.


Macabra ironía

Toda su vida dando cristiana sepultura a los muertos para acabar siendo un cadáver anónimo, rajado y cosido mil veces para erudición de los vivos.


Magnicidio podemista

«Cuando os insulten, sonreíd», dijo el tipo de la coleta. Esa fue su última sonrisa. El C4 colocado bajo su atril lo arrasó todo. La casta había ganado la guerra.


Omertà

¡Bang! La bala le atravesó de sien a sien. Apenas sintió un leve pinchazo. El casquillo rebotó en el charco de sangre que manaba sin cesar de su cabeza, guardando bajo llave todos los secretos que el soplón amenazaba revelar.

Cavando a ciegas


La fosa era la X que indicaba el tesoro. El problema era arrojar su pesado cuerpo en ella sin la ayuda del mapa.

martes, 25 de agosto de 2015

Vendetta a la leonesa

Agazapadas entre los soportales de una plazoleta barroca, la vieron salir del portal, ataviada con un hortera abrigo de leopardo, gafas de sol Rayban y unas espantosas botas de cuña alta color rosa. La siguieron a lo largo de toda la ciudad antes de culminar su tantas veces ensayado plan. El sitio elegido era el estrecho puente que unía las dos orillas del Bernesga. La angosta pasarela era perfecta para disparar a bocajarro y salir huyendo raudas acto seguido.
Una oleada irrefrenable de rencor acumulado las inundó durante todo el trayecto. La alcanzaron cuando se encontraba justo a mitad del puente. Sin mediar palabra, disparo tras disparo, sintieron como se iban reparando todos los agravios pasados. El Smith & Wesson .38 special humeó tras el frenesí de plomo escupido con una zigzagueante estela grisácea. Agonizando en su propio charco de sangre, les dirigió una última mirada feroz. Sus ojos de cacique, desafiantes, parecían retarlas: «si pudiera despertar después de morir, os arrancaría la piel a tiras». Una última y certera detonación apagó el brillo de sus pupilas para siempre en esa soleada y fresca mañana primaveral. Después, madre e hija se abrazaron, felices.